El hidrógeno verde se perfila como un elemento decisivo en el cambio hacia una economía baja en carbono. A diferencia de los combustibles fósiles, se produce con energías renovables y agua, sin emisiones directas de CO₂. Esa característica lo convierte en pieza esencial para descarbonizar sectores difíciles de electrificar, como el transporte pesado o la industria química.
España, hasta ahora, ha aparecido como una candidata natural para encabezar este desarrollo en Europa gracias a su Sol, su viento y su capacidad tecnológica. Sin embargo, un actor muy cercano irrumpe con fuerza en este mismo tablero. Se trata de Marruecos, que quiere disputar la carrera y proyectarse como el nuevo centro energético para el continente europeo.
El plan de Marruecos ha sido bautizado como proyecto Chbika, y está ubicado en la zona atlántica de Guelmim-Oued Noun. Con el apoyo de varios consorcios internacionales, ya se prepara la instalación de potentes parques solares y eólicos que alimentarán electrolizadores capaces de transformar agua de mar desalinizada en hidrógeno y amoníaco verde.
La magnitud del proyecto está muy clara: se prevé una capacidad de 1 GW en renovables y la producción anual de hasta 200.000 toneladas de amoníaco. Las compañías implicadas incluyen nombres de peso como TotalEnergies, EREN Groupe, Copenhagen Infrastructure Partners y A.P. Møller Capital. Además, el plan contempla infraestructuras portuarias para facilitar la exportación hacia Europa.
El objetivo oficial de Rabat es duplicar su cuota de renovables en menos de una década, pasando de un 37 % actual a más de la mitad de su mix en 2030. A largo plazo, el país calcula alcanzar hasta un millón de toneladas de hidrógeno cada año. Con estas cifras, Marruecos se colocaría por delante de España en la producción hacia mediados de siglo.
Para materializar esta hoja de ruta, se han reservado cerca de un millón de hectáreas destinadas a instalaciones renovables y de hidrógeno. La inversión proyectada supera los 30.000 millones de euros, un volumen que demuestra la ambición de este movimiento estratégico.
España, con una abundante radiación solar y vientos muy competitivos, había apostado fuerte por situarse como la puerta de entrada del hidrógeno verde en Europa. Proyectos como el corredor H2Med o los planes de expansión de la eólica marina forman parte de esa estrategia. Pero los plazos lentos y la burocracia amenazan con dejar espacio a su vecino del sur.
La proximidad geográfica de Marruecos le otorga un papel realmente atractivo para los compradores europeos. Si los costes de producción allí son más bajos, resulta lógico que grandes industrias y gobiernos prioricen esa fuente frente a la española. Ese factor económico podría pesar más que cualquier ventaja inicial que el Gobierno pensara tener en esta transición.
Chbika, un futuro megaproyecto de hidrógeno verde en Marruecos
El respaldo político francés a la estrategia marroquí añade otro punto de presión. Emmanuel Macron ya ha sellado acuerdos con Rabat en ámbitos energéticos y de transporte que refuerzan la cooperación bilateral. Este apoyo no pasa desapercibido en España, que observa cómo uno de sus socios europeos más influyentes podría priorizar las alianzas con el reino alauí.
La realidad es que, si España no acelera sus propios proyectos, corre el riesgo de quedarse con un papel secundario dentro del nuevo mapa energético europeo. Los retrasos administrativos y la falta de coordinación entre organismos públicos y privados pueden convertirse en un lastre decisivo.
La pugna por el hidrógeno verde es mucho más que una cuestión de liderazgo simbólico. Se trata de asegurarse contratos, inversión extranjera y capacidad de influir en la política energética europea. Marruecos ha entendido la importancia de colocarse como un hub low-cost con acceso a tierra, viento, Sol y agua, mientras que España aún busca traducir sus ventajas naturales en resultados industriales sólidos.
Alianza entre Alemania y Marruecos para la producción y exportación de hidrógeno verde
Empresas españolas como la compañía Acciona ya participan en consorcios vinculados al proyecto marroquí, una señal de que la cooperación empresarial puede convivir con la competencia estratégica. Sin embargo, el hecho de que algunas compañías nacionales apuesten por el desarrollo en Marruecos evidencia que el atractivo de la inversión allí resulta difícil de ignorar.
Está claro que España necesita pasar del diseño a la ejecución real. Mientras tanto, Marruecos sigue adelante con terrenos asignados, socios internacionales comprometidos y unos planes de inversión concretos. Si la diferencia de costes se confirma, Europa podría volcar su interés en el norte de África y relegar a la Península Ibérica a un papel más modesto.
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